Jonás Gentil llegó a San Porvenir de los Naranjos con la convicción firme de que como nuevo alcalde, él sí haría las cosas distintas a todos sus antecesores.
Con sus apenas treinta y tantas primaveras, cargado de hartos sueños, mucha energía, grandes ambiciones y un discurso perfectamente ensayado frente al espejo.
Una de sus tantas promesas de campaña fue justo lo que todo pueblo cansado quiere escuchar: limpiar la casa, hacer y deshacer para beneficio de los habitantes.
Aseguró que despediría a todos y cada uno de los trabajadores heredados de administraciones pasadas, esos que se habían venido rezagando trienio tras trienio, sobreviviendo a colores, siglas y discursos, sin que nadie supiera muy bien qué hacían… pero ahí seguían.
Y hay que decirlo: Jonás Gentil cumplió.
Bueno… hasta donde el dinerito le alcanzó.
Porque despedir cuesta.
Indemnizar duele.
Y atorarle a los pleitos legales con los inconformes tampoco sale gratis.
Y San Porvenir de los Naranjos no es precisamente un municipio de abundancias.
El problema vino después, cuando el pueblo empezó a preguntar por las obras de infraestructura.
Las calles rotas.
El drenaje vencido.
Los pozos de agua que ya no abastecen.
Las necesidades que, como dicen en San Porvenir de los Naranjos, urgen… y rete que urgen.
Pero ya no había lanita.
Así que Jonás Gentil, siempre diligente, con la esperanza intacta y su fiel secretario Lamberto Adulador a cuestas, tomó camino al Congreso del Estado. Fue a solicitar un préstamo millonario que —aseguró— pagaría puntual y responsablemente, en abonitos mensuales, correteados, sin afectar a nadie… claro está.
Prometió números.
Prometió orden.
Prometió futuro.
Pero el préstamo que resolvería los problemas habidos y por haber en San Porvenir de los Naranjos nomás no llegó… se lo negaron. Y lo peor es que los mismos colores que abanderan al joven alcalde fueron los que le dieron la espalda.
¿Será que hasta su mismo partido duda de sus extraordinarias capacidades?
¿O acaso son más realistas en cuanto a los sueños guajiros del joven alcalde?
Y ahí, frente a los micrófonos, Jonás Gentil ofreció una declaración emotiva.
Habló del amor por su pueblo.
Del sacrificio personal.
De las manos atadas.
De la falta de apoyo… y esto último soltando dos, tres lagrimitas para conmover.
Después, tristemente, se retiró a su pueblo, no sin antes dar entrevistas a medios e influencers, visiblemente desconsolado, acompañado solo por su equipo cercano y las promesas que no alcanzaron a convertirse en obra.
En San Porvenir de los Naranjos, el pueblo escuchó, opinó, juzgó y suspiró.
“Otra vez lo mismo”, dicen unos.
“Este está peor”, dicen otros.
Pero opine el pueblo lo que opine, entiende una vez más que las promesas de campaña no se rompen:
simplemente se quedan donde nacieron.
En la campaña.

